Trabajadores y trabajadoras de Nevares no dan más. El caso de la Compañía Americana de Alimentos es más grave que una problemática de despidos: trabajo sin registrar, accidentes graves sin atenciones, abusos, robos y un mecanismo constante de contratación ilegal hacen de la fábrica una pesadilla. El rol del clan Romero, gerentes, jefes y sindicato para avalar una política laboral inhumana.

“¡Otra vez Nevares!”, fue el título de la noticia que daba cuenta de los despidos en la fábrica situada en Carlos Keen. La exclamación resultó la forma de remarcar una reiteración presente en la Compañía Americana de Alimentos, la firma que contiene a Nevares. Sin embargo el esquema de despidos continuos son solo la expresión final de una realidad cotidiana mucho peor, donde la explotación y la precarización hegemonizan las líneas de producción controladas por jefes y encargados que manejan los ritmos a través de la violencia de todo tipo.

Los Romero, empresarios del descarte, ahorran en laburantes

Los nombres varían y suelen usarse según requerimientos formales, de marketing o publicidad, pero son lo mismo. Food Holding, Compañía Americana de Alimentos, Nevares, Aires de Luján -entre otros- son desprendimientos del clan Romero, presentes en nuestra ciudad al menos de hace una década atrás y que en su crecimiento fueron aplicando contrataciones sin papeles, despidos sin indemnizaciones, abandonos ante accidentes laborales y maltrato laboral como políticas laborales constantes. Malvenidos, entonces, al Mundo Nevares.

Hugo Ernesto Romero y sus hijos Hugo Sebastián Romero Bonomí y Julio César Romero Bonomí van intercalandose -según los edictos y documentos oficiales de las sociedades anónimas- en el manejo de los destinos empresariales. Hugo padre es quien se ve más sonriente por aquellos días cuando los flashes captaron los abrazos y las poses en una inauguración de la nueva planta que contó con funcionarios nacionales y locales. Habían pasado meses de una tanda de despidos, pero nada importó. ¿De qué se reiría el señor Romero? Ya lo veremos.

Don Hugo Romero, presentado como Presidente de Nevares, es hijo de quien fuera gobernador de Corrientes, Julio César “Yuyi” Romero, fallecido en 2014 y de Emma Tacna, “ministra de Bienestar Social de la gobernación de su marido, apoderada nacional del justicialismo durante el exilio de Perón en España y diputada nacional, en los años ochenta”.

Hugo, junto a sus hijos, además de diversas sociedades anónimas en el país, también figura con movimientos societarios en Chile, en “Inversiones Santa Marta Limitada”, inscrita en el Registro de Comercio del Conservador de Bienes Raíces de Santiago. Pero parte de la historia que explica el crecimiento del clan Romero fue redactado a fines de los años 90 por Julio Nudler, economista, periodista y escritor.

En “El Estado es un bizcocho” y “Fresa Fraude y Chocolate”, las notas repasan minuciosamente los movimientos de los Romero, sus relaciones con el gobierno de Menem, las deudas no saldadas y un proceso judicial que por aquellos años tenían con los dueños de la firma NOEL. Una historia de rosca empresarial menemista la cual los dejó, influencias mediante, con una posición estratégica.

Hora de entrar a la fábrica

Lucio Castro, Quarenta, Paulón y Romero. Cuando los funcionarios se van, los empresarios se divierten e incumplen las leyes laborales.

Con 65 echados en noviembre de 2017 y 18 en junio de 2018, los testimonios se recolectan a la velocidad que pasan los paquetes por las cintas oxidadas de las máquinas que ayer nomás atendían pibas y pibes de Luján, Carlos Keen o Villa Ruiz. Aproximadamente 120 laburantes se concentran en los dos turnos de 12 horas que propone la empresa de los Romero.

“El ambiente laboral es definitivamente dañino: hay insultos, menosprecio, acoso, amenaza de despido constante, presión psicológica y física. Debido a jornadas de 12hs hubo desmayos, personas trabajando con dolores y enfermedades. No te dan la indumentaria adecuada y muchos la compran. No te entregan calzados y eso generó varios accidentes, se trabaja entremedio de cables y herramientas que dejan los mecanicos por negligencia o por desidia”, surge de los primeros comentarios obreros.

La firma del clan Romero contrata sin firma ni papeles, en algunos casos. En otros el trabajador no recibe copia de lo que acuerda y cobra su salario en mano sin recibo alguno más que una firma en una planilla. Debido a estas formas, a la hora de los despidos la carta a documento es la palabra de quien se encuentre en la puerta o de la aplicada encargada de Recursos Humanos quien avisa que ya no son necesarios. Así, el intento de reclamo del pago por la indemnización se vuelve una odisea que jamás termina bien ya que Nevares ni reconoce la relación laboral.

“Es normal ver gente llorando en las líneas, o que se vayan llorando cuando termina el turno, por ejemplo cuando van a buscar el celular que dejaron en el ingreso del turno por normativa que da la empresa y cuando te vas no está, se los roban. Además te obligan a hacer 12 horas, no es una opción. Para colmo las horas extras las pagan por afuera, en negro como se dice, en plazos de un mes o más, y no te dicen ni te aclaran qué es lo que te están pagando. Menos te dan el contrato, si es que firmás algo”, cuentan quienes ya no trabajan en la fábrica. En el mecanismo de contratación, la compañía aprovecha los grandes niveles de necesidad por un puesto y un salario.

Todavía se relatan de memoria los accidentes diarios, algunos más graves que otros. Desde cortes con derivación en amputaciones, hasta obreros abandonados en el CAPS de Carlos Keen cuando se quemaban con aceite hirviendo. “Olvidate que lo pasen por ART, se esconden, los abandonan o los mandan a trabajar de nuevo sin curaciones ni atenciones”, exponen en el pueblo.

“En 12 horas que dura el turno lo único que te dan es media hora para comer. A veces 45 minutos pero todo depende del humor de los jefes”, coinciden los testimonios de los despedidos. Ratas, olores, moscas en los productos, leche vencida y alimentos con contaminación propia del proceso también es denunciado por ex obreros de Nevares como el escenario donde desempeñan sus tareas.

¿Delegados, Sindicato, Ministerios? Nada de nada

Archivo 2017, todos afuera. Trabajadoras y trabajadores despedidos. Por estos días, a pesar de maltratos y pagos a destiempo, pibas y pibes van a la fábrica del terror para ganarse el sustento.

La vista gorda alcanza a todos los responsables de establecer pautas legales y saludables para el trabajo, las cuales son parte de los convenios colectivos de trabajo que deberían hacer cumplir los dirigentes sindicales y funcionarios ministeriales. Ante este panorama, los mandos altos y medios aplican castigos a su antojo. Presiones mediante insultos y hasta agarrones o manotazos son moneda corriente en las líneas de producción.

El STIA (gremio de la alimentación) recibió llamados donde se expusieron las condiciones en las que se estaban haciendo las tareas de producción. Trabajadores y trabajadoras pidieron asesoramiento y presencia en la fábrica “pero nunca hablaron con nosotros, los laburantes, sino siempre con el jefe de Planta”, cuentan indignados. La convocatoria para elección de delegados fue arrancada de la cartelera y la orden de los jefes es “no acudir al sindicato ya que por influencias familiares y personales, el sindicato nunca iba a entrar en la fábrica y nosotros íbamos a ser despedidos”.

Con respecto a Ministerio de Trabajo de la Nación y Ministerio de Trabajo provincial, para ambos se cursaron denuncias de todo tipo, pero nada pasó y la situación siguió igual, con hostigamiento laboral y acosos, que se escuchan y leen a cada paso en quienes trabajan en Nevares. Y para el sindicato de igual manera existió el reclamo por asesoramiento, afiliaciones, protección; como también ayuda para la situación que estaban pasando algunas trabajadoras. Un pedido desesperado que terminó en silencio “hasta que muchos compañeros fueron despedidos porque en el momento de más necesidad fueron y fuimos abandonados e ignorados”.

En definitiva, como cuentan trabajadores y trabajadoras, la fábrica continúa con la misma regularidad en producción pero con menos empleados, con exigencias al máximo nivel y más trabajo para los que quedaron en medio de una precariedad laboral de la que nadie se hace cargo. Mientras, el clan Romero sigue con su mecanismo de explotación para con jóvenes de nuestra ciudad en una metodología perversa de uso y descarte, y ante la indiferencia de quienes deberían realizar controles e inspecciones. ¿De qué se ríe Romero, entonces? Quizá de algo parecido a la impunidad.

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