Hace un año atrás la comunidad trabajadora y el mundo empresario de la industria textil marchaban en conjunto para marcar posición frente a la crisis del sector. Un año y dos meses después el individualismo económico triunfó: mientras luchan por separado, son vencidos juntos.

En diciembre de 2016, tras un año de apertura de importaciones y aumentos indiscriminados de tarifas, dueños de empresas y trabajadores textiles pudieron introducir en la agenda la crisis que el sector textil viene sufriendo y cada vez se profundiza más.

Aquella marcha que muchos calificamos de histórica por reunir a dos sectores de la relación de producción (y por ponerlo en categorías amplias: una especie de burguesía nacional y trabajadores) fue perdiendo vigencia con el correr de los meses. El proceso de concentración del capital genera que la riqueza social se concentre en cada vez un grupo más pequeño de grandes capitalistas.

En ese proceso, las PyMES que quedan excluidas deben posicionarse como un aliado estratégico de los trabajadores. Ante la revolución tecnológica que produce una constante competencia entre burgueses, deja en el camino aquellos que no son los más “aptos”, es decir aquellos que no tienen el capital suficiente para modernizarse. Así, aquél gran capital concentra una nueva porción del mercado y sus ganancias que deja otro burgués caído en el campo de batalla. Las PyMES son como los peones en el juego de ajedrez.

Las pequeñas y medianas empresas tienen dos opciones frente a ellas: o resisten hasta ser absorbidas por capitales transnacionales o se alían a los trabajadores en un proyecto de país que sea conducido por los trabajadoras y trabajadores.

La alianza entre comunidad obrera y empresarios textiles no prosperó en el tiempo. La falta de un proyecto político que supere las contradicciones entre ambos sujetos y la profundización de la crisis económica en el sector empuja a actuar como nos enseñó el capital: cada uno por su cuenta e intentando sobrevivir un día más.

De esta forma, la hermandad que la familia textil habían llegado a construir se fue debilitando con suspensiones y despidos a cuenta gotas. La industria textil emplea a nivel nacional a más de 400.000 personas y ya perdió más de 25.000 puestos de trabajo por la caída de la actividad ante la baja del consumo y la suba de las importaciones.

En Luján, pese a la Declaración de Emergencia Textil y Emergencia PyME, las suspensiones y despidos no da tregua. A estas medidas, también se da la pérdida de poder adquisitivo con políticas de quita de beneficios que los trabajadores recibían como el programa nacional para empresas en crisis como el REPRO.

Poco a poco, la crisis se naturalizó y el tema textil salió de la agenda en una ciudad que se reconoce como un polo textil a nivel nacional. Recorriendo un poco la historia de la industria textil, tenemos que remontarnos a 1928, cuando nació la Algodonera Flandria. La firma Stablissements Steverlynck la cual exportaba telas hacia la Argentina desde sus fábricas de Bélgica se vió obligada en 1923 a abrir a una filial en el país tras la medida del Gobierno Argentino, de arancelar los tejidos importados y favorece la introducción de maquinarias. Un primer impulso de lo que fue la industrialización por sustitución de importaciones.

Pero retomando la actualidad, ¿qué respuestas políticas hay? Ninguna, desde el Ejecutivo local no hay respuestas. El intendente Oscar Luciani no recibió en lo que va del año a empresarios ni una sola vez. Y el gobierno nacional ajusta siempre la misma variable, los trabajadores. ¿Cómo? Buscando la flexibilización laboral.

Algunos paliativos no dieron respuesta. Es que la crisis es de carácter estructural: el mundo se concentra en cada vez menos manos y quienes pueden sobrevivir son los grandes capitales con capacidad de hacer inversiones tecnológicas que les permita competir y aquellas economías que no garantizan derechos laborales como las asiáticas.

Nuestra ciudad (y con ello las empresas, trabajadoras y trabajadores directos, como la ciudadanía en general) no es ajena a lo que pase a nivel mundial, y mucho menos a lo que ocurra a nivel internacional. Lo peor es que a todo ello se le suma una política económica definida por el gobierno nacional: la muerte de la industria nacional y el auge de un modelo especulativo financiero.

Frente a la falta de políticas nacionales y la falta de un programa político de las PyMES, el sector se encuentra entre la desesperanza y la lucha aislada. De esta forma, trabajadores resisten despidos y suspensiones, y empresarios enfrentan tarifazos y caída del consumo. Ni empleados ni empleadores se organizan, el destino de cada uno de ellos parece estar puesta en la suerte que puedan llegar a tener.

Finalmente, encima la recesión no parece tener solución, para el 2018 se espera una nueva caída del sector en un 5%. Con un dólar que aumenta pero que es frenado por las altas tasas de las Letras del Banco Central (LEBAC) todo se encamina a una profundización de la crisis y a una desaparición de aquellas empresas que producen en nuestra ciudad.

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Foto destacada: El 15 de junio de 1985 la fábrica de camisas VANTOC S.A suspendía al 70% de las trabajadoras. Se organizó una olla popular en Dr. Muñiz y 9 de Julio, esquina donde funcionaba la empresa. Imágen: publicada en la Edición del 29 de junio (1985) del Bisemanario El Civismo.

Video 1: Fragmento de monólogo Tato Bores. Parte del archivo de 1993 donde Tato exponía su visión sobre la reforma laboral de aquellos años.

Video 2: Fragmento de Historia Reinauguración del Parque Industrial Villa Flandria.

 

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